Yo también estoy en el camino
Soy un hombre común y corriente. Esposo, padre, abuelo, hijo, hermano y amigo. Como cualquier persona, he tenido alegrías, dificultades, aciertos y equivocaciones. He conocido momentos de prosperidad y también de incertidumbre. He tomado buenas decisiones y otras cuyas consecuencias he tenido que asumir.
Hace muchos años, siendo todavía un hombre joven, tuve un encuentro personal con Jesucristo que cambió mi manera de entender la vida. Desde entonces procuro caminar de su mano, buscando su voluntad en lo que pienso, digo y hago.
No siempre lo consigo.
A veces me gana la soberbia, otras veces la comodidad, el temor o las preocupaciones. En ocasiones olvido poner a Dios por delante. Pero he aprendido que vivir la fe no significa dejar de equivocarse, sino reconocer nuestras debilidades, levantarnos y volver a comenzar, confiando en su misericordia.
Durante mi vida he tenido la oportunidad y la responsabilidad de emprender, desarrollar proyectos y dirigir empresas. He conocido el éxito, pero también la quiebra y la necesidad de empezar nuevamente. He experimentado lo que significa perder aquello por lo que se ha trabajado durante años.
Esas experiencias me han enseñado algo fundamental: la fe no sustituye nuestra responsabilidad.
Confiar en Dios no significa dejar de planificar, prepararnos, trabajar con excelencia o actuar con prudencia. Tampoco significa esperar que Él resuelva aquello que nos corresponde hacer. Significa invitarlo a estar presente en nuestras decisiones, incluso en las más difíciles, y asumir con responsabilidad sus consecuencias.
También he aprendido que una empresa no es solamente un negocio, un balance financiero o una fuente de ingresos. Detrás de cada decisión hay personas: colaboradores, familias, clientes, proveedores y comunidades.
Creo en la iniciativa empresarial, en la prosperidad y en la legítima aspiración de crear riqueza. Pero estoy convencido de que esa riqueza debe tener un propósito. Generar empleo, servir a los demás, actuar con justicia y respetar la dignidad humana también forman parte de nuestra responsabilidad.
Durante muchos años he servido en una comunidad católica, compartiendo experiencias, conocimientos y momentos de fe con personas de distintas realidades. Ese camino me permitió descubrir que muchas de las inquietudes que enfrentamos como emprendedores y empresarios también forman parte de nuestra vida espiritual.
¿Cómo tomar una decisión justa cuando hay intereses económicos de por medio? ¿Cómo ejercer la autoridad sin perder la humildad? ¿Cómo buscar la prosperidad sin olvidar a quienes nos rodean? ¿Cómo vivir nuestra fe en un ambiente donde tantas veces parece quedar fuera de las decisiones?
Estas preguntas me acompañaron durante años y me llevaron a profundizar en el Evangelio, el Catecismo de la Iglesia Católica y, especialmente, en el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia.
Allí encontré enseñanzas que me ayudaron a comprender mejor que nuestra fe no está reservada para los domingos ni para los momentos de oración. También estamos llamados a vivirla en el trabajo, en nuestras empresas y en cada responsabilidad que asumimos.
De esa búsqueda nació CEO al estilo de Jesús.
No nace de alguien que tenga todas las respuestas ni que haya aprendido a hacer siempre lo correcto. Nace de un cristiano que sigue aprendiendo, que ha cometido errores, que necesita de Dios y que procura hacerse una pregunta antes de tomar sus decisiones:
¿Qué haría Jesucristo?
Esta iniciativa es una invitación a reflexionar y discernir nuestras decisiones empresariales a la luz de las enseñanzas de la Iglesia. No pretende sustituir nuestra conciencia, nuestra responsabilidad ni el acompañamiento espiritual. Busca acercarnos a una manera de emprender y dirigir en la que la justicia, la prudencia, la dignidad humana y el amor al prójimo no sean solamente buenos deseos, sino principios que se traduzcan en acciones concretas.
He preferido no firmar este texto, porque no deseo que esta iniciativa gire alrededor de una persona. Lo importante no es quién la ha creado, sino a quién queremos seguir.
Mi esperanza es que pueda servir a mujeres y hombres, jóvenes emprendedores y empresarios experimentados, que desean construir proyectos prósperos sin perder de vista aquello que verdaderamente importa.
Y si con el paso de los años esta iniciativa continúa ayudando a otros a tomar decisiones más justas, a servir mejor a su prójimo y a acercarse a Jesucristo, habrá cumplido su propósito.
No soy un ejemplo de perfección. Todavía tengo mucho que aprender, mucho que corregir y mucho camino por recorrer.
Yo también estoy en el camino.
Y si tú también deseas recorrerlo, caminemos juntos, procurando que Jesucristo sea el centro de nuestras vidas y también de nuestras empresas.